La educación ha fracasado radicalmente.
Identificamos escolaridad con educación, pero lo escolaridad es educación con minúscula; si acaso mera instrucción.
El fin de la educación es formar seres humanos conscientes y lúcidos: esa es la educación con mayúsculas, pero está inédita en nuestra sociedad.
No estamos en la sociedad de la educación, ni siquiera en la sociedad del conocimiento, lejos aún de la sociedad de la información. Estamos en la sociedad del acceso a la información.
Educar es autoeducarse. Sin autoeducacion no hay educación. Por tanto, para transformar la educación es imprescindible comenzar por uno mismo. ¡Qué paradoja!
Hay dos tipos de currículo: el existencial -el que nos ayuda en lo cotidiano, que, sin duda es muy necesario- y el esencial, el que trata de lo verdaderamente importante: cómo vivir una vida más consciente. El primero se ocupa de lo exterior, puede que incluso llegue a lo interior de lo exterior; pero no alcanza ni de lejos, lo exterior de lo interior; no digamos ya lo interior de lo interior.

La educación alopática elude lo interior y, sin embargo, lo interior es causa de lo exterior. En el interior de lo interior se encuentran el ego y la consciencia.
Los alumnos son el resultado de una sociedad inmadura. Sin embargo, nos atrevemos a juzgarlos. Deberían ser el canario en la mina, la señal de advertencia que nos indicara que debemos trasformarnos como sociedad, lo que implica transformarnos personalmente. La educación comienza por uno mismo y la base de ello el es autoconocimiento esencial, profundo. Se trata de jugar con lo existencial, pero vivir en lo esencial.
Si respetásemos profundamente de nuestra hijos y alumnos les ofreceríamos la educación menos condicionadora y adoctrinadora posible. Si respetásemos profundamente a nuestros hijos y alumnos, comenzaríamos por educarnos a nosotros mismos, investigando, profundizando en nuestro autoconocimiento esencial.
Pero, lamentablemente, lo que hoy tenemos en nuestra inmadura sociedad es una educación -como no podía ser de otra manera- idénticamente inmadura e indiscriminadamente adoctrinadora.
Y no hay nada más alejado de la auténtica educación que el adoctrinamiento.
Estas y muchas otras son ideas esenciales y radicales que conversamos con Agustín de la Herrán.
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