Vínculos implícitos (y II)

No todo es evidente. No todo es transparente. No todo es tangible.

Hay fuerzas que a las que estamos vinculados y que no podemos identificar si no buceamos más allá de la superficie. Fuerzas inconscientes que afectan directamente a nuestra forma de estar, a nuestra forma de relacionarnos. Unas, nos impulsan; otras, nos limitan.

Sólo cuando la vida cotidiana comienza a resultar disfuncional o ya no podemos más, solemos volver la mirada, quizá con cierta desesperación, para buscar bajo la superficie, a rastrear en la sombra, a mirar hacia lo oculto, lo no evidente a la percepción.

Estamos tan encajados en el paradigma materialista que, con demasiada frecuencia, ignoramos sus límites y, por tanto, otras posibilidades que éste no puede explicar, pero quizá otras interpretaciones del mundo sí pueden o, tal vez, las experiencias  que nos comparten otras personas abren una pequeña esperanza a intentar algo diferente, pues lo conocido no siempre  termina de llegar a funcionar.

Ese fue el caso de la madre de P. 

Cuando P. cumplió tres años comenzó a acudir a ojo de agua. Un tiempo después, P. comenzó a querer quedarse en casa. Los padres, no queriendo forzar, hicieron los ajustes necesarios en  sus trabajos y acudieron al apoyo de la familia, para que fuera posible.

Para nosotros estaba bien: era importante que todas las personas vinieran por su propia voluntad (si bien toda regla tiene su excepción). Y, por otra parte, no habíamos visto -como en otros casos- que fuera la madre o el padre quien tuviera las dificultades para separarse, en cuyo caso hubiéramos actuado, como lo hicimos en varias otras ocasiones, de diferente manera.

El simple hecho de que niños, niñas y jóvenes acudieran por voluntad propia, contribuía a que la atmósfera que se respirara en ojo de agua fuera apacible, tranquila, con baja conflictividad.

Pero, volviendo a P., lo que al principio era algo puntual, intermitente después, acabó siendo la norma. Era muy difícil sacarle de casa. Por las mañanas se producían tensiones. La dinámica familiar se alteraba. Acabó por dejar de acudir y quedarse permanentemente en casa.

En el equipo, repasábamos para detectar si algo podría haber sucedido en el ambiente que le produjera ese rechazo. No encontrábamos un motivo de suficiente magnitud más allá de pequeñas desavenencias frecuentes en la convivencia.

Aún no lo sabíamos, pero esa resistencia a salir de casa era generalizada. “No quería salir ni a la plaza del pueblo”, rememora la madre. Ni siquiera acompañado por los padres.

Dos episodios despertaron cierta alarma en los padres.

Un tarde estaba toda la familia en casa, incluyendo a su hermana pequeña y a su padre. Algo inusual, ya que por sus trabajos era difícil que coincidieran todos con tiempo disponible para pasar la tarde juntos. Esa tarde, había un food truck en el pueblo y propusieron salir todos juntos a dar un paseo y comer algo. P. se negó con firmeza. No quería salir. De ningún modo. La tensión escaló tanto que la madre decidió quedarse en casa con P. mientras el padre y la hermana menor salían. Ya solos, la madre inició una conversación sobre por qué no quería salir. En un momento determinado, ante el posible escenario de que la madre saliera de casa, la respuesta de P. fue: “Si sales por la puerta, me tiro por la ventana”. Primera alarma.

En otra ocasión, la hermana de P. había sido invitada a un cumpleaños en el parque de un pueblo cercano. P. no quería salir. La madre se empleó a fondo para explicarle que él no iría al cumpleaños, que no podía dejarle solo en casa y que sólo les acompañaría, pero no se quedaría en la fiesta. Al llegar al aparcamiento del parque en el que se celebraba la fiesta, para que P. no se quedara solo en el coche, le pidió que bajara para acompañar a su hermana hasta la fiesta, saludar a la madre que la organizaba y acordar con ella que la dejaría y la recogerla al acabar, pero -en ningún caso- él tendría que quedarse. Estaría todo el tiempo a su lado. Con gran resistencia, P. aceptó bajar del coche, pero a mitad de camino, se dio la vuelta. Ya sin remedio, la madre se acercó a la fiesta, saludó con cierta urgencia a las madres, acordó la recogida, se despidio de su hija y, cuando volvió hacia el coche, vio cómo su hijo “está en un ataque de ira y rabia rayando el coche con una piedra”. Al verlo, la madre perdió el control, corrió hacia el hijo y, con gran enfado y le cogió por la pechera, regañándole furiosamente. Segunda alarma.

La madre rememora que desde muy pequeño lloraba con tristeza; todas las noches. Se sentía muy triste.

A estas alturas, ya muy preocupada por la situación, la madre decide comentárselo a Marién. “Tengo que contarte algo con respecto a P.” Concretan una cita y la madre le detalla la situación de rechazo a salir, que -desde pequeño- su hijo llora con tristeza todas las noches, que se siente muy triste.

Marién le pide que recopile información sobre la familia: hechos relevantes, fechas significativas, vínculos entre familiares. Tanto de la familia materna como paterna. Con esa información vuelven a citarse y la madre recuerda que tratan el asunto en no más de un par de sesiones. Su expectativa era que el problema podría venir por parte de la familia paterna, puesto que había antecedentes de “problemas mentales y vidas complicadas”.

Con la información recopilada, descubrieron que P. tenía un vínculo con una hermana de la abuela materna que murió con tres meses. Lo que resultó en un gran impacto en la familia. Marién le preguntó si tenían algo relacionado con ella. La madre recordaba vagamente una foto, entre los cajones de la casa de su madre. Recordó que cuando se la encontró, su madre le dijo quién era. La foto era la de la niña fallecida en el ataúd.

Acordaron realizar un acto simbólico para poner conciencia, dar luz y reconocimiento a ese familiar y a esa herida que, debido a ciertos motivos, no se había resuelto adecuadamente, que no había tenido un cierre, un duelo que contribuyera cerrar esa amarga experiencia. El acto consistía en recuperar la foto, conversar con su madre al respecto del suceso, aflorar las emociones, el pesar, el dolor, lo no dicho: dar presencia consciente a esa historia familiar. Y,  después, quemar la foto, como símbolo de aceptación de la realidad. Las dos mujeres así deciden hacerlo. La abuela dice: “Adelante, si es por el bien del niño” y queman la fotografía con una vela.

“Al día siguiente , el niño era otro. Parecía magia. Salió a la plaza sin ningún problema. Por fin, podíamos hacer vida normal y salir juntos”, relata la madre.

Todo esto sucede en torno a los siete años; un momento vital importante de inflexión y cambio. A los catorce, comenzó una etapa de depresión, ansiedad, incluso autolesiones. La madre comenta que como siempre tuvo mucha sensibilidad y era (y es) muy maduro, el paso de la infancia a la adolescencia con el descubrimiento de perspectivas más realistas del mundo adulto “le pegó muy fuerte”. Aunque esa etapa ya pasó y P. vive fuera quasi-independiente en otra ciudad mientras continúa los estudios que ha elegido, la madre aún no da ese proceso por terminado. Piensa que la tristeza puede volver. “Había más fotos”, indica. “Encontramos otras dos y las quemamos. Pero aún hay dos por localizar”.

El poder de lo simbólico es altamente ignorado y/o despreciado. El ser humano no vive solamente en un puro universo físico, sino en un universo simbólico. Y el símbolo es el lenguaje del inconsciente. Un lenguaje irracional. El ejemplo más evidente es el contenido de los sueños. A través de actos simbólicos es posible construir un puente desde el que establecer comunicación con el inconsciente y liberar vínculos que nos limitan.


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