Nadie desea esforzarse por algo que no merece la “pena”. Sólo si el objetivo final lo merece, estamos dispuestos al esfuerzo.
Esto vale para los estudiantes y para los adultos. Y cuando nos vemos forzados a realizar una tarea a la que no encontramos sentido o que va contra nuestro criterio, entonces, en la mayoría de los casos, recurrimos a la “ley del mínimo esfuerzo”.
La ley del mínimo esfuerzo tiene muy mala prensa ente familias y docentes, pues suelen observar que con mayor esfuerzo el estudiante podría lograr un mejor resultado. Sin embargo, es la estrategia predominante entre los estudiantes, según una investigación realizada a lo largo de tres años en diversos países del mundo.
Esta investigación categorizó a los estudiantes según su actitud hacia el aprendizaje. La categoría más voluminosa, que es la que ahora viene al caso, pues en ella se integran en torno a la mitad de los estudiantes (49%), es la de quienes muestran una actitud hacia el aprender que las investigadoras categorizaron como “pasajera”, en el sentido de fugaz, perecedera, superficial, que no se sienten parte. (1)
Son estudiantes que tratan de hacer lo mínimo. Se limitan a cumplir. Hacen las cosas deprisa y corriendo, Practican la ley del mínimo esfuerzo. Lo que más les gusta del entorno escolar es estar con los amigos, pero no se esfuerzan en relación al aprendizaje. Acuden físicamente a la escuela, pero en su interior están abandonando el gusto por aprender. Muestran una especie de “exilio interior”.
Al inicio de la experiencia escolar, según estas investigadoras, al 75% de los niños les gusta la escuela. Al final de la misma, sólo al 25%. Esto nos da pistas sobre cómo nuestros hijos viven y perciben la experiencia escolar.
La ley del mínimo esfuerzo es la respuesta lógica y eficiente a una situación en la que no sientes interés y en la que, por tanto, no estás motivado a participar, pero que -al mismo tiempo- no puedes eludir.
Todo esto, al final, no es sino una cuestión de motivación. ¿Por qué se está dando esta situación? La palabra “motivación” deriva del concepto “motivo”, “causa o razón que mueve”, lo que viene a decir que, al menos, la mitad de los estudiantes (en realidad, veremos en otro momento que son muchos más) no ven razón o motivo para involucrarse en lo que el sistema escolar desea que aprendan en los así llamados centros docentes.
Un factor que pesa sobre esta situación es la autonomía de los estudiantes en la escuela. Las investigadoras mencionan que los estudiantes en las escuelas están sometidos al doble de limitaciones que los presos en las cárceles. No parece muy probable que en un entorno tal, la motivación pueda florecer.
En nuestra experiencia, una mayor autonomía junto con un incremento significativo de la participación de los estudiantes en la definición y desarrollo del proceso de aprender (y utilizamos en término aprender en sentido amplio, como sinónimo de desarrollo humano) es un elemento crucial en el cultivo de su motivación.
Como es natural, la variabilidad individual en el carácter, intereses, madurez emocional y trasfondo familiar son factores de gran relevancia, por lo que las estrategias deben contemplar una muy amplia flexibilidad y diversificación, algo que es prácticamente incompatible con una estructura altamente burocratizada como son las instituciones escolares, tal como las conocemos en la actualidad.
Una estructura mínima que permite una alta participación de los estudiantes en el diseño tanto del contexto como del propio proceso de aprendizaje (insistimos, en un sentido amplio), unido a relaciones personales alejadas de jerarquía de poder, aunque no de autoridad, (2) contribuyen a la conformación de un contexto más eficaz en el cultivo tanto de la motivación de la responsabilidad.
Y compartiremos alguna experiencia al respecto.
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(1) Las otras tres categorías descritas son:
Actitud de logro: son los estudiantes que quieren hacerlo perfecto; para los que no conseguir la máxima calificación es un fracaso.
Actitud disruptiva: se les califica como problemáticos porque perturban el ambiente o se retraen; sin embargo, lo que nos están diciendo es que algo no va bien.
Actitudinal exploradora: son proactivos en el aprendizaje: indagan, hacen preguntas sobre lo que tienen curiosidad, se fijan metas y se adaptan a los cambios. Están profundamente comprometidos con el aprendizaje. No pasan del 4% de los estudiantes.
Podrían parecer que la actitud de logro es la ideal. Y es cierto que desarrollan habilidades útiles como organización, definición de objetivos y logro, pero no desarrollan su creatividad, lo que buscan principalmente es satisfacer las necesidades del sistema.
Jenny Anderson y Rebecca Winthrop, The disengaged teen. Helping kids learn better, feel better and live better.
(2) En la civilización romana se distinguía entre auctoritas y potestas. Mientras la potestas era el simple poder derivado de la ostentación de un cargo público, la auctoritas se refería más a una autoridad intangible relacionada con prestigio percibido.