La cuadratura del círculo. Esfuerzo (y 3)

Un comportamiento que se ha observado en la infancia a lo largo de toda la historia de la humanidad es el juego de hacerse una cabaña. Pero esto no solo se produce a lo largo del tiempo y de las diferentes etapas históricas; también es un fenómeno transcultural, es decir, aparece en todas las culturas.

Sin duda, el refugio, junto con las necesidades fisiológicas básicas, es una necesidad de primer orden. Quizá esto explique ese impulso universal mostrado por los niños de todo tiempo y lugar. Y también pueda explicar la verdadera misión del juego como actividad que nos habla de la auténtica funcionalidad de los intereses naturales de la infancia y de su papel en el desarrollo de capacidades imprescindibles para su prosperidad.

Año tras año, sin excepción, había niños o jóvenes en ojo de agua que mostraban interés en conseguir un refugio. Los más jóvenes lo conseguían con suma facilidad. Hay un tipo de arbusto mediterráneo, el lentisco, que cuando crece suficientemente su estructura de ramaje permite el acceso a su interior, y además se ahueca por dentro. Allí se introducen las tres o cuatro amigas y, ¡voilá!: ya tienen su propia cabaña. La Casita Verde la llamaron. En otra ocasión, aprovechan el tronco hueco semicircular de un anciano algarrobo para hacer de ese espacio su refugio. Allí se reúnen, decoran con piedras y flores, crean asientos con troncos, comparten almuerzos y confidencias, fortalecen vínculos, gestionan conflictos, comparten, aprenden,… 

Más tarde, observamos otra manera de conseguir un refugio. Dado que siempre nos llegaban envíos paletizados, almacenábamos los palés por si pudiéramos utilizarlos en el futuro. Un día llegaron un par de chicos y nos pidieron poder utilizarlos para construirse una cabaña, nos pusimos de acuerdo en la ubicación, elegimos los palés con criterios de funcionalidad y seguridad y con unos cuantos y un puñado de clavos construyeron una precaria cabaña, aunque esta vez techada.

La manera de funcionar en ojo de agua era que cuando querías algo, ibas y lo hacías. No tenías que pedir permiso a nadie. Si necesitabas algo de lo que no disponías, entonces -como en el caso de los palés- preguntabas o te ponías de acuerdo y eso era suficiente. En el caso de los palés aprendimos que debía formar parte del acuerdo y ponerlo por escrito y firmado por todas las personas implicadas el que tras un periodo de no usarse, los abajo  firmantes se comprometieran a desmontar la cabaña y  devolver los palés a su ubicación original.

Otra cosa era si lo que querías era desarrollar una actividad que requiriera de un conocimiento más especifico o una estructura temporal más estable. En ese caso, dada la mayor complejidad de la actividad, se requería poner un cartel en el tablón de anuncios incluyendo la actividad a desarrollar, los nombres de las personas que la proponían y dejar espacio suficiente para que otros pudieran apuntarse, si así lo deseaban. Poner un cartel requería seguir ciertos pasos, dado que suele implicar la necesidad del liderazgo de una persona (normalmente adulta) para facilitar la actividad, reserva de espacios físicos para desarrollarla, coordinación de agendas entre las personas que participan, etc…

Y así ocurrió. Un día, un grupo puso un cartel declarando que quería construir una cabaña. Y en un par de días se apuntaron trece chicos y chicas  entre 9 y 14 años. El siguiente paso era que alguien del equipo de adultos acompañantes se reuniera con el grupo y escuchara lo qué querían con más precisión. Todos estuvieron de acuerdo en construir un cabaña, aunque no tenían muy claro de qué tipo: unos la querían de caña como un tipi; otros, de madera,… Dada la variabilidad de ideas se acordó que a la semana siguiente, todos trajeran un boceto de cómo imaginaban la cabaña de sus sueños.

Una semana después, los miembros del grupo aparecieron con su dibujo de la cabaña que imaginaban; algunos bastante bizarros. Menos uno. Un chico no trajo un dibujo, sino una maqueta que había construido junto con su padre a lo largo de la semana. El prototipo estaba apoyado en una chapa de metacrilato y estaba ejecutado con pajitas de plástico y plastelina. Su forma era un domo o cúpula geodésica.

Todas las miradas se dirigieron hacia la mesa en la que depositaron la maqueta. E, inmediatamente, todos estuvieron de acuerdo en que querían ejecutar ese modelo. El adulto que les acompañaba no era arquitecto ni tenía experiencia en construcción  ni siquiera especial destreza manual. Pero esto es lo que tiene estar comprometido con los intereses de niños y jóvenes. Siempre hay un nuevo desafío que te coloca en una situación de incertidumbre en la que también toca aprender. De modo que hubo que buscar a alguien que nos ayudara. Tiramos de contactos hasta que finalmente, no sin dificultad, contactamos con un arquitecto técnico especializado en construcción de cúpulas geodésicas.

Le encantó nuestro proyecto y se decidió a apoyar al grupo llegando a un acuerdo de colaboración en el que nos asesoraría en la construcción a cambio del pago de los gastos de su desplazamiento una vez al mes (unos 8/mes y persona). Por otra parte, en el grupo acordamos que los gastos de material serían a cargo de ojo de agua. el propósito era que todos estuviéramos implicados económicamente. Otro aspecto importante era la continuidad. Si el grupo, o algunos de sus componentes, se echaban atrás en medio del proyecto, éste quedaría a medias y esto era algo que queríamos evitar; de modo que propusimos un acuerdo de permanencia en el que las personas que decidieran seguir adelante con el proyecto, deberían mantenerse hasta el final. Todos estuvieron de acuerdo, menos una persona que decidió no seguir adelante. Establecimos cuadrillas y horarios de trabajo; de modo que todos trabajaban un día por semana durante la mitad de la mañana de modo que pudieran participar en otras actividades en las que ya estuvieran comprometidos y nadie se saturara con trabajo excesivo.

Y comenzó el proceso con la primera visita del arquitecto, con quien tuvimos unas sesiones teóricas para comprender el funcionamiento de un domo, que no es sino la expresión más cercana a la cuadratura del círculo.

Tras acordar el tipo de cúpula y sus dimensiones, calculamos el  material necesario. Se propuso una base de neumáticos enterrados rellenos de piedra como cimentación sobre los que apoyaría el primer anillo de triángulos de madera sobre el que se iría levantando el domo. Y nos pusimos manos a la obra cortando listones en tres tipos de ángulos específicos y emsamblándolos, lo que tuvo sus dificultades; así aprendimos que para minorar error de corte, debíamos realizar todos los cortes de un mismo ángulo en el mismo momento para que el error fuera siempre el mismo.

Después de dos meses de trabajo de planificación y construcción, llegó el día de levantar la estructura. Unimos los triángulos del primer anillo y, no sólo vimos que la unión era extremadamente débil, dada la escasa sección de los listones que habíamos comprado, sino que habíamos cometido errores de cálculo y el círculo de neumáticos enterrados era mayor que el círculo formado por el primer anillo de triángulos. La decepción fue mayúscula. Por la tarde, el acompañante habló con el arquitecto técnico y le explicó el problema. Nos dijo que se había equivocado en el cálculo de la sección de los listones y nos proponía sustituirlos por otros de mayor sección y él nos pagaría la diferencia y se quedaría el material que nos nos servía para construir otros domos a menor escala. 

La reunión del día siguiente fue muy tensa. Los primeros comentarios era sombríos. “Después de dos meses de trabajo, no hemos llegado a ningún sitio”, “Todo ha salido mal”, “Tanto trabajo para nada”. No obstante, explicamos el acuerdo con el arquitecto, lo que significaba no incurrir en nuevos costes y una chica propuso pedir ayuda a madres y padres en la obra. Tras valorar pros y contras, el grupo decidió unánimemente seguir adelante E hicimos una llamamiento a las familias para que nos ayudaran. Madres y padres con y sin experiencia en obra nos venían a ayudar cuando podían. Así, tras algo más de un mes estábamos poniendo el último tornillo de las estructura. Gran alegría. Fotos. Celebración. 

En esa fase, se produjeron momentos bellísimos como cuando se rompió la sierra caladora. Sin ella el trabajo quedaba paralizado. Un padre y un hijo se ofrecieron para arreglarla. Ninguno de los dos tenía experiencia, abrieron la máquina, trastearon durante horas y, finalmente, lograron hacer que funcionara. Cuando escucharon el sonido del motor y vieron bascular la cuchilla, su alegría fue inmensa y se fundieron en un abrazo. ¡Quién nos iba a decir que esta cabaña nos traería momentos tan hermosos!

Unos de los padres, arquitecto de profesión, especializado en urbanismo, pero reconvirtiéndose al campo de la ecoarquitectura presentó el trabajo, en el que nos ayudaba, como su proyecto de fin de máster.

Cuando llegaban los fines de semana o los periodos de descanso, las adultos responsables se mantenían al cuidado de la obra, cubrirla si llovía, estar presente para recibir material. El compromiso era de todos. No había horario.

Al iniciar la segunda temporada, comenzamos el tratamiento con de la madera con productos antitermita: dos manos. Una de esencia de trementina y aceite de linaza 1:1 y una segunda en una proporción 2:1. Cuando acabamos la primera mano, nos sobró producto y para resolver cómo aprovecharlo para conseguir una mezcla 2:1 inventamos una ecuación de primer grado ¡sin saberlo!

El siguiente fue paso colocar las diferentes capas de recubrimiento con madera, lana de madera, lámina de impermeabilización, adobe y revoco de cal, diseñar ventanas, abrir respiraderos, ventilación, Un proceso lento, delicado y laborioso.

No sólo hubo desafíos técnicos o presupuestarios. Los desafíos más importantes, como en casi todo en la vida, fueron los personales. Era duro mezclar los componentes del adobe: barro, agua y paja en una pastera a pleno sol en el mes de mayo. Hacíamos turnos, unos pastaban, otros colocaban el adobe y otros descansaban.

Cuando alguien, por ejemplo, no llegaba a su turno,  faltaba al trabajo, se escaqueaba o no cumplía su horario, el malestar afloraba con facilidad. El proyecto se alargaba y el desánimo cundía. No fueron pocas las horas de trabajo dedicadas no a la obra sino a resolver los conflictos, algunos evidentes y muchos de ellos larvados. Siempre dentro de la cúpula, fuera cual fuera su estado, nos sentábamos en círculo y comenzábamos la conversación. Ese proceso, resulto muy valioso, pues pasamos de señalar al otro, hablar de tí, juzgar y confrontar a describir, expresar lo que siento, hablar de mí y proponer soluciones: reformar horarios, cambiar grupos de trabajo, ofrecer compromisos… 

Un día, mientras cogíamos pasta de adobe fresca y la aplicábamos sobre la superficie del domo, un chico, dijo al acompañante con el que estaba trabajando como pareja de trabajo. “¿Sabes?, yo nunca me había construido una casa”. El adulto se detuvo un momento, le miró a los ojos y respondió: “Yo tampoco”. Todos, independientemente de la edad, estaban aprendiendo juntos.

A lo largo de tres temporadas, este grupo de 12 chicas y chicos demostrando voluntad, tesón y compromiso. ¿Por qué? Lo deseaban. Estaban comprometidos. Habían dado su palabra y estaban dispuestos a cumplirla. Se habían encontrado dificultades y estaban decididos a resolverlas. Habían imaginado un sueño, hubo adultos que confiaron en ellos y se comprometieron con ese sueño y quisieron estar a la altura de la confianza que recibieron. No fue fácil. En ocasiones fue doloroso. Por momentos, divertido. 

Sin duda, el esfuerzo fue ímprobo, mayúsculo. Nadie podría haber convencido a este grupo de chicas y chicos de realizar ese titánico esfuerzo. Ese compromiso sólo pudo surgir de la voluntad propia, autónoma, libre. En ningún caso hubiera podido salir de la imposición externa, incluso si hubiera sido maquillada de seducción bienintencionada. 

Pretender, como pretendemos, que los estudiantes se esfuercen cuando no encuentran sentido a los que están haciendo, sólo puede dar como fruto la obediencia ciega en la autoridad externa, la rebelión invisible y el desapego cuando no están bajo la mirada del adulto, un sentido de ser conducidos, un sabor a ausencia de autonomía en las decisiones y la disipación de la iniciativa propia y el entusiasmo.

La cultura del esfuerzo nace de forma natural en nuestro interior cuando estamos en sintonía con lo que hacemos en el exterior. Esta es la lección. Cuando esa conjunción se produce, aprender es  igual a disfrutar/sufrir con entusiasmo. Es posible lograrlo, pero requiere confianza en los niños, plena disposición y compromiso con sus intereses y sueños y ninguna intención de seducirles para llevar a cabo nuestra agenda, ya sea oculta o manifiesta.  

Esa coherencia entre el interior y lo exterior, Eckhart Tolle lo describe con precisión en su libro Un nuevo mundo, ahora. Encuentra el propósito de tu vida:

“La acción despierta es la armonización de tu propósito exterior -lo que haces- con tu propósito interior -despertar y mantenerte despierto. Mediante la acción despierta te haces uno con el propósito exterior del universo, la conciencia fluye a través de ti hacia de este mundo. Fluye en tus pensamientos y los inspira. Fluye en lo que haces y lo guía y le da poder.”

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