Volver al origen

“La mayoría de las instituciones humanas,
debido al carácter puramente técnico y profesional con el que llegan a gestionarse,
acaban convirtiéndose en obstáculos
para el mismo objetivo que sus fundadores se habían propuesto.»

William James (1)

Imagen de Leonhard Niederwimmer en Pixabay

Acudir a las raíces para comprender de dónde venimos, puede ofrecer cierta perspectiva sobre dónde nos encontramos.

En griego antiguo, escuela se decía skholé, es decir, ocio.

Hoy la escuela ha dejado de encarnar esa ociosidad y se ha convertido en un centro de producción de capital humano. En lugar de cultivar, instruye; explica el filósofo Byung-Chun Han. (2)

El no-ocio -en latín, negocio, ocupación, trabajo- es de lo que hoy día parece que se ocupa casi exclusivamente la escolarización.

En la antigüedad griega el ocio se asociaba a la investigación de la mejor forma de vivir, a la contemplación en busca de la plenitud vital y la educación era la herramienta para acercarse a dicha plenitud.

Pitágoras, en su escuela, priorizaba el ocio y la libertad frente al negocio y la necesidad. La más excelsa vida humana no era la dedicada al negocio, sino la de quien puede contemplar y reflexionar. (3)

Así pues, el ocio era un tiempo dedicado de manera libre al diálogo y al descubrimiento de lo que significa vivir.

El ocio resulta ser, siguiendo la sabiduría clásica, un valor fundamental de la vida humana. La vida que merece la pena vivirse es una vida de autoconocimiento, porque es lo que hace libres a los seres humanos.

El ocio no es no hacer nada, sino dedicar el tiempo a actividades que cultivan nuestra humanidad, esto es, a la búsqueda de la verdad, del conocimiento, pero sin una finalidad funcional, práctica, útil. Se trata de un conocimiento que nos conduce a través del introspección, hacia a la autorrealización: la finalidad última de la vida consciente.

Con el auge del imperio romano y la amplia conquista de territorios, el ocio (otium) experimenta un cambio de significado pasando a identificarse con el descanso y el placer después del deber, es la recompensa posterior,

Con el protestantismo se avanza un paso más: el trabajo, lo productivo, pasa a ser una actividad que dignifica y el ocio, por contra, se convierte en sinónimo de vagancia y pereza.

Más adelante, con la modernidad y la eclosión del capitalismo el trabajo, el negocio, se convierte ya en el centro, el valor esencial desde el que pivota el valor de la vida.

Y con la revolución industrial, aparece el tiempo libre que pasa a ser el tiempo de descanso entre una jornada de trabajo y otra, un descanso que permita seguir produciendo y consumiendo.

Aquí, ya se culmina el cambio profundo, el ocio entendido como ocuparse de lo esencialmente humano pasa a ser no ya el elemento principal, sino un mero subproducto del negocio, del trabajo (etimológicamente, tortura).

Así pues, hoy día, los términos ocio y ocioso tienen una connotación esencialmente negativa. Sin embargo, es justamente la educación la que podría y debería hoy promover el ocio como actividad en la que individuo se explora a sí mismo al tiempo que se desarrolla plenamente relacionándose con los demás, recuperando el sentido original de skholé, cultivando su humanidad en una escuela de libertad.

Pero para ello la educación debería aspirar al cultivo de la calidad humana y, por tanto, abandonar la costumbre tradicional de aprender mediante instrucción y obediencia incondicional a lo transmitido y sustituirla por la capacidad para autoexaminarse críticamente y no aceptar ninguna verdad solo porque haya sido transmitida mediante autoridad o tradición, lo que requiere pensar por uno mismo, reconocerse vinculado a los demás y preocuparse por ellos, así como desarrollar la capacidad para entender el punto de vista del otro.

Nuestro actual sistema escolar busca forzar la naturaleza humana con el propósito de someter y amoldar a los ciudadanos, cuando lo cierto -en nuestra experiencia- es que, siendo cada individuo único y proveniente de una cultura familiar distinta, la convivencia acompañada de manera respetuosa con límites funcionales (y aquí respeto significa respeto mutuo) produce efectos de madurez y empatía equilibrada. Esa madurez es el síntoma visible del proceso invisible del autoconocimiento.

En un entorno de libertad sin juicio hay espacio para mostrarse como uno es (esto es, con una menor carga de máscara social) y, por tanto, para conocerse mejor (conocimiento que solo puede darse con la relación con los otros) y, a raíz de ello, poder comunicar desde su yo más genuino.

En la interacción social la comunicación juega un papel crucial. No sólo para la resolución de los conflictos, sino para comunicar qué se quiere/necesita y qué no, con qué se está de acuerdo y con qué no, qué se acepta y qué no. La participación y la disponibilidad de herramientas para contribuir a la toma de decisiones en grupo sobre cómo convivir y lograr hacer converger distintos intereses es, en nuestra experiencia, el aprendizaje más poderoso para promover una ciudadanía cohesionada, madura y pacífica.

En ese proceso de despliegue del sí mismo, en un entorno que ofrece posibilidades de investigar ámbitos y actividades que se desean explorar y aprender, emergen necesariamente intereses por los campos de conocimiento y profesionales en coherencia con ese despliegue interior. Es una tendencia inherente al ser humano buscar el sentido y el propósito de la vida a través de la coherencia entre el sentir, el pensar y el hacer, siempre que las condiciones materiales y psíquicas cumplan unos mínimos.

Quizá se trata de eso: de volver al origen.

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 (1) James, W. (1909) A pluralistic universe. Longman, Green & Co., New York, p. 96
(2)  Byung-Chul, H., (2023) La desaparición de los rituales, Herder, Barcelona.
(3)  El devenir histórico del concepto de ocio en relación a la educación está tomado de Palmero, C., Jiménez, J. y Jiménez, A. “Ocio, política y educación. Reflexiones y retos veinticinco siglos después de Aristóteles”, Revista Española de Pedagogía, Año LXXIII, nº 260, enero-abril 2015, 5-21

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