Jam session

Recientemente, nos invitaron a una jam session en la que participaba un conocido (1) . Cuando llegamos todo el equipamiento estaba preparado, unas pocas personas en un pequeño local arreglado con mucho gusto. Los artistas llegaron al poco y se acomodaron. La vocalista explicó que aquello era una sesión de improvisación y no era necesario que todo el mundo estuviera inmóvil y sin hacer ruido alguno.

Los músicos comenzaron a tocar, más bien comenzando a coordinarse lentamente. Pieza a pieza, cada uno lideraba un tema y los demás se iban sumando. Al principio, todos muy concentrados y serios; a medida que avanzaba la sesión, ya conectados, se comunicaban con la mirada, respondían a los cambios musicales con una sonrisa mientras se adaptaban unos a otros cuando alguien cambiaba un ritmo o un acorde. La música parecía haber conquistado y unificado algo inmaterial de todos los desconocidos que allí nos concentrábamos. Era evidente en la mirada de la gente. 

El público, muy escaso y expectante al principio, fue participando en la creación de una atmósfera muy particular. A medida que la música emergía de las cuerdas, los platillos, el cajón o el teclado, los cuerpos de los presentes se iban sintonizando. Por la puerta del local , abierta, salía la invitación musical a escuchar, pasar, cruzar, pedir, charlar, comentar, llevar el ritmo. Al poco de comenzar el local estaba ya abarrotado, pero aún así se producía un movimiento permanente entre el público: uno buscando lugar donde ubicarse, otra cambiando, aquél decidido a alcanzar la barra o uno de los pocos asientos que acababa de quedar libre. Un camarero recogía vasos en situaciones que requerían dotes de flexibilidad y contorsión propias del circo mientras personas del público le acercaba los vasos a duras penas. Un niño de unos 5 años, que intentaba salir al espacio central vacío para cruzarlo y, después, salir a la calle, se encontraba al costado del teclista, quien tocaba ajeno  a lo que sucedía a su izquierda; no había espacio suficiente, salvo riesgo de trastocar el instrumento. Lo intentó dos veces, pero vio que era imposible no molestar al teclista; de modo que se giró encontrando a otros tres niños sentados que reían discretamente, el primero hizo un gesto llevándose un dedo a la boca indicándo al trío silencio y, acto seguido, desapareció de la vista: al poco, le veíamos de nuevo emerger a nuestra derecha, reptando debajo de una mesa y varias sillas, esquivando un bosque de piernas y patas de madera. Al traspasar el laberinto, se yergue y, lentamente, mientras la música sigue su curso, camina despacio hacia la salida. Paralelamente, la solista del grupo, sentada en una pequeña silla rodeada de cables, en medio de un tema, acoge en su regazo al que suponemos su hijo de unos 4 años y continúa cantando mientras lo abraza.

A estas alturas de la sesión, la coordinación de los músicos ya era tal que cada uno se permitía cambios, ideas, sugerencias, trastoques, mezclas, fusiones, ritmos y acordes que desafiaban la capacidad del resto para adaptarse, pararse, volver a sumarse, sonreír al recibir el mensaje, recoger la invitación y responderla con intuición volviendo a sumarse al cambio producido en la conversación musical.

La experiencia resultó muy distinta a la de un concierto de musica clásica con la orquesta bien ensayada, los esmóquines y las pajaritas en perfecto estado de revista, el director alzado sobre la tarima con la batuta preparada para ordenar, el público inmóvil, cada uno en su butaca numerada en un absoluto silencio sepulcral. Nada fuera del guión… en este caso, de la partitura.

La experiencia al acabar la jam session fue la de haber vivido una situación única, irrepetible y sublime; un momento efímero de vida real La experiencia había unido a los presentes de alguna extraña manera durante el tiempo que duró (tres horas). Una de esas experiencias inesperadas pero cuya vibración, con el transcurrir del tiempo, continúa presente en las células de los que allí compartimos nuestra presencia.

A lo largo de toda la sesión íbamos capturando una similitud entre lo que sucedía ante nosotros y el modelo de educación que creamos en los últimos años. El bar promovió este concierto, quería dar a conocer la nueva etapa del local, los músicos compartían su talento, invitaban a otros músicos a participar (era el caso del chico que conocíamos) o incluso al público (una mujer salió a cantar un tema y otras se lanzaron a bailar en el centro de la sala), el público escuchaba la música y su cuerpo reaccionaba su efecto, mientras un movimiento complejo -pero suave y continuo de adaptación permanente- sucedía en ese abigarrado grupo humano; los niños presentes, atentos a la música por breves periodos de tiempo, se movían por la sala con suavidad, logrando sus propósitos, pero prácticamente, sin perturbar el evento. 

Podemos ofrecer una educación que sea como un concierto de musica clásica con su rígida etiqueta, sus protocolos, sus reglas envaradas, su programación predefinida, sus descansos predeterminados, sus roles fijos, su jerarquía, su pretendido silencio en las aulas, sus programas de mano curriculares, sus acomodadores, sus butacas numeradas.

También podemos ofrecer a los niños una jam session educativa con escucha al presente, sin partitura, abierta al talento espontáneo que se compromete y se coordina, flexible y adaptable según las circunstancias del momento, en la que todos pueden participar en roles intercambiables, creando las reglas en el presente, viviendo todos una sensación de creación, autonomía, escucha, coordinación, placer, esfuerzo y prodigio.

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El niño que reptaba bajo las mesas era análogo a los pequeños que -aburridos, pero respetuosos- esperaban el final de un punto obligatorio durante una asamblea, el guitarrista que se unió en el último tramo del concierto al padre que facilitaba un taller de matemáticas con una creatividad inusitada, la mujer que se lanzó a cantar a los participantes que enseñaban a otros compañeros en talleres de magia, diábolo, ajedrez, mecánica de automóviles o a los que proponían proyectos de viajes o de reciclaje de móviles. El chaval que acercaba los vasos al público nos recordaba la colaboración entre todos, madres, padres y equipo, en la que la mayoría colaboraba aportando lo que sabía hacer.

En una jam session el arte se crea en el momento, todos -especialmente los músicos- participan en la creación de una experiencia que nadie conoce de modo previo, es una experiencia de creación en el presente, el prodigio del acto de creación instantánea es lo que produce algo a lo que se va dando forma poco a poco y llega a generar un éxtasis que responde a la conciencia de que lo estamos creando entre todos, aquí y ahora, en presente. Todos sumidos en la incertidumbre, pero comprometidos con una visión del futuro: dar los mejor por los niños.

Al igual sucede con nuestro modelo educativo. El curriculum se construye en el presente, flexible, con participación de todos en roles intercambiables, atentos a lo que sucede en cada momento porque ahí reside el potencial para crear lo que ese tiempo, ese espacio y ese grupo de personas, sin saberlo, necesitan aprender, enseñar, desarrollar, colaborar.

Una jam session requiere de un conocimiento, atención, flexibilidad, escucha o coordinación extremos, además de talento, por parte de los músicos. No parecen malas condiciones para desarrollar un modelo educativo.

Pero no tengamos duda, no se trata tanto de elegir entre música clásica o jam session. Son dos estilos distintos. Ambos producen música. De forma diferente. Bajo principios distantes; divergentes, quizá. A nadie se le ocurriría prohibir los conciertos de música clásica. ¡Qué gran pérdida! También nos perderíamos algo si las jam session estuvieran proscritas La vida podría continuar, pero lo haría en un mundo radicalmente distinto, mucho más pobre. Aunque, en verdad, en verdad, os digo que, si se prohibieran, la gente las seguiría organizando y acudiría a ellas clandestinamente.

La cuestión es que vivimos bajo el paradigma escolarizador. Se nos ha grabado a fuego que el modelo de escolarización obligatoria es el único medio posible para cumplir con el derecho a la educación. Y eso, simple y llanamente, no es cierto. Pero es el mantra que el estado (sirviendo a los intereses de vaya usted a saber quién), a través de su cuerpo legislativo, impone. Por cierto, un modelo impuesto sin validación científica conocida. (si alguien conoce, que nos diga).

Simplemente, nos encontramos con, al menos, dos paradigmas, entendiendo por tal la constelación de creencias, valores, técnicas, etc. que comparten los miembros de una comunidad científica dada.

El paradigma escolarizador es ampliamente dominante en nuestra sociedad y supone que la ciencia, lo que incluye a la ciencia de la educación, “está sometida a dos empujes opuestos, aunque con frecuencia creemos alineados. No puede evitar operar bajo un paradigma porque sin tal paradigma sus hallazgos no tendrían coherencia. Esto no es una crítica, sino más bien una realidad inevitable. Sin embargo, lo que no es inevitable —aunque sí muy probable por diversas razones— es que, en la práctica, esto haga que la ciencia se muestre reacia a las ideas imaginativas.  Para casi todos los científicos, casi siempre, la labor de la ciencia consiste en resolver problemas que se plantean e interpretan exclusivamente dentro del paradigma dominante. Esto es lo que Thomas Kuhn denomina «ciencia normal». Ello conduce a una mayor consolidación de los hallazgos dentro del paradigma, pero va en detrimento de esas grandes ideas que cambian el rumbo de la historia de la ciencia, a pesar de que se cree ampliamente que eso es precisamente de lo que trata la ciencia.” (2)

La esclerosis paradigmática es tal que, como dijo Max Planck, el creador de la teoría cuántica, “una verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes y haciéndoles ver la luz, sino más bien porque sus oponentes, finalmente mueren, y crece una nueva generación que está más familiarizada con ella.” (3)

De modo que cada familia, cada grupo de familias, cada iniciativa, cada proyecto que se propone, haciendo de la necesidad virtud, ir más allá de las fronteras definidas por la estructura oficial del paradigma escolarizador, está contribuyendo al crecimiento de un nuevo paradigma educativo diferente al de la escolarización impuesta. Cada decisión, cada acto, deja huella.

Y, aunque sabemos que las fuerzas en liza en el panorama educativo no son simplemente científicas ni meramente profesionales, sino que hay muy poderosos intereses más allá del bienestar y desarrollo de las  siguientes generaciones, hemos de seguir cada día solventando la necesidad de una educación para los hijos cuyo principal foco sea el crecimiento humano (y eso incluye todas sus dimensiones) equilibrado en el nivel individual, social y natural. 

A todas (porque la inmensa mayoría sois mujeres) os agradecemos vuestra dedicación y apoyamos vuestros esfuerzos al asumir los riesgos inherentes a la incertidumbre de experimentar esas nuevas posibilidades. Un riesgo sin el que nada puede aprenderse.

Somos parte de una banda musical informal, enorme, dispersa, pero extrañamente coordinada que interpreta una jam session educativa planetaria que, a pesar de sus limitaciones y defectos, eleva el espíritu de quienes participamos en ella.

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(1) Precisamente, Teo Sujoluzky, que aparece tocando el teclado, es un chico que, durante varios años, participó en ojo de agua y que compuso y nos regaló la melodía con la que arrancan las conversaciones “Educar para ser humano” de nuestro canal de YouTube. Por lo cual estamos muy agradecidos.
(2) Esta es la definición dada por el físico y filósofo de la ciencia Thomas S. Khun, (1973), “La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Economica, México, p. 269.
(3)  McGilchrist. I. (2021) The Matter with Things. Our Brains, Our Delusions, and the Unmaking of the World, vol. 1, Perspectiva Press, London, p. 536.

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