Lo colocamos en el salón, el centro neurálgico de la casa.
Al poco, lo coronamos con una reproducción del cuadro de René Magritte, El falso espejo, que representa un ojo humano cuya esclerótica en vez de ser blanca, es un paisaje de azul y nubes.

Desde los primeros días siempre hubo un teclado electrónico en ojo. Los primeros, adquiridos en ofertas navideñas de bazares. Hasta que un día una familia que se había mudado nos ofreció un piano de verdad. No era un piano de cola, por supuesto. Era un piano de pared. Un Rippen. Y nos lo ofrecieron a un precio muy razonable. Aún sentimos agradecimiento por esa acción.
Por aquel entonces, Óscar Jareño ya venía regularmente a enseñar cómo cómo tocar diversos instrumentos; especialmente en el ámbito de la percusión y, más específicamente, la batería. Si bien la guitarra, acústica o electrónica, el bajo, el acordeón y otros instrumentos también eran solicitados. El piano, sin discusión, se convirtió en la estrella.
La llegada del piano supuso una pequeña revolución. Trasladamos el teclado electrónico portátil a otra estancia. Y hubo que establecer nuevas reglas de uso del salón, dado que el piano era inamovible y el salón era una habitación a la que, salvo que estuviera reservada para algún taller o fuera el día y la hora de la asamblea, sólo los mayores de 12 años tenían acceso (un detalle éste que siempre levantó controversia).
Como en tantas otras ocasiones, la reglas del salón fueron evolucionando en relación al piano en un largo proceso en el que se proponían y aprobaban normas que, inmediatamente después, se probaban. En algún momento, alguien se sentía incómodo por algún motivo, ponía un punto en el orden del día, proponía algún cambio, se debatía y se acordaba incorporarlo o realizar otros cambios o mantener la situación.
La cuestión ahora era que un nutrido grupo quería tocar el piano y establecimos que los menores de doce años podrían entrar al salón para tocarlo de manera autónoma sin supervisión adulta, avisando (que no pidiendo permiso) siempre que tuvieran los conocimientos mínimos para usarlo adecuadamente y con cuidado, pues un piano es fácil de desafinar y requiere atención y esmero. Quienes no disponían de los conocimientos o destreza mínima suficiente podrían experimentar con el teclado electrónico que habíamos trasladado.
La intención siempre fue que el piano fuera lo más accesible posible a todo el mundo, aunque lo tuvimos que asentar en una estancia de uso restringido. Por eso, en algún momento, se añadió que quien deseara escuchar a alguien tocar el piano, también podía entrar al salón. Era la mejor manera que fomentar el amor por el instrumento, aún a costa del limitar el privilegio de los más mayores. Además, se acordó dar prioridad a la música como actividad en el salón (excepto talleres y asamblea), de modo de otras actividades ruidosas no podrían tener lugar mientras alguien estuviera practicando. Pues es bien conocido que aprender un instrumento requiere no sólo de la clase como tal, sino de práctica, práctica y práctica.
Se puede imaginar que para los más mayores eso resultaba incómodo, pues años atrás, se decidió que se reservara un espacio exclusivo para los mayores de 12 años, de modo que pudieran hablar de temas espinosos y utilizar el lenguaje sin cortapisas (tacos y palabrotas, típicas de la edad) del que todos estábamos de acuerdo que era imprescindible proteger a quienes tenían menos edad. Resultó ser una manera, más o menos efectiva, de lograr cierta moderación lingüística, fuera del salón.
Estos acuerdos, como tantos otros, se convertían en situaciones de negociación en las que el sentido común se imponía en el grupo durante las asambleas con una lucidez impensable para aquellos adultos que desconocen la experiencia de tratar asuntos junto a niños y jóvenes de muy diversas edades que tienen la oportunidad y la responsabilidad de ponerse de acuerdo en aspectos que afectan a sus intereses desde el diálogo. Nunca llegaremos a exagerar al elogiar esa capacidad de acuerdo. Si bien, no siempre resultaba sencillo.
Con el tiempo, dado que las sesiones de piano tenían que ser individuales (a diferencia de otros instrumentos, según nos indicaban los que sabían) y también la colaboración con Óscar acabó, hubo un tiempo en el que el piano estuvo en silencio.
A este respecto hay que decir cuando tomaba la palabra su singular vibración y las melodías que exhalaba atravesaban las paredes machihembradas y las vigas macizas de madera inundando la casa. Su voz musical conquistaba las estancias alrededor y la entrada principal de la casa. En cuántas ocasiones, una madre, un padre o una visita llegaban a la pasarela por la que se accedía a la puerta principal y les recibía una hermosa melodía de piano.
Pero con el tiempo, sin talleres o clases, el piano volvió a sonar. Cada vez más tiempo y más personas lo tocaban. Había días en los que casi las cinco horas que duraba ojo de agua estaban anegadas de notas musicales. Cuántas horas de reuniones particulares con familias hemos mantenido en la pequeña oficina que lindaba con el salón y que se llenaba con una suave, alegre o emotiva, según las ocasiones, melodía como fondo musical.
Nos sorprendió el resurgimiento de la práctica pianística. En una ocasión, una madre nos comentó cómo su hijo estaba acudiendo a la escuela municipal de música de Benimeli, un pueblo cercano, cómo allí los profesores de música eran amables, aunque rigurosos y cuántas chicas y chicos de ojo tomaban allí clases de piano. Y dedicaban parte de la mañana a practicar en el piano de ojo de agua sin que nadie les forzara a ello. De hecho, nosotros en el equipo, incluso lo desconocíamos hasta ese momento.
Un detalle revelador que nos compartió esta madre es que el profesor de piano de Benimeli elogiaba el interés, la constancia y la voluntad de sus alumnos de ojo. “Se notaba -decía- que vienen porque quieren, que no están obligados”. Esta es la tónica general en las personas que han vivido una experiencia en la que decidir con responsabilidad sobre su propia educación; también la musical. Y es una verdad oculta, inalcanzable, para la inmensa mayoría de los adultos, profesionales o no, que creen que el modelo escolar obligatorio es el camino (escribí “opción”, pero rápidamente pulsé seis veces la tecla de retroceder porque la verdad es que la opción no existe).
En una ocasión, tuvimos una de las varias inspecciones de la administración de educación. Es necesario recordar aquí que ojo de agua funcionaba desde hacía más de una década con conocimiento público de la comunidad y las administraciones de la Marina Alta, todo ello sin ser un centro educativo, una escuela formal. A diferencia de las anteriores, ésta visita fue provocada por nosotros mismos y, por tanto, fue una visita concertada. Quedamos para tres meses después. Durante ese tiempo, uno de los periodos de más estrés que vivimos, preparamos una amplísima documentación para explicar a la inspectoras qué era y cómo funcionaba. En esta ocasión, a diferencia de otras visitas de inspección anteriores, tendríamos la ocasión de organizar la visita.
Los pormenores de ese día habrá que contarlos en otro momento. Pero uno de los detalles que viene al caso aquí es que preguntamos al grupo de los pianistas más avezados -unas cuatro o cino personas, chicos y chicas de entre diez y catorce años- si querrían participar y apoyarnos durante la visita. La idea que les propusimos era que cuando acabáramos el tour acompañando a las inspectoras para mostrarles el lugar, tanto el exterior como la casa, y recaláramos en la oficina, se dedicaran a tocar las mejores melodías de piano que supieran, de modo que durante la conversación con las inspectoras -que con toda seguridad preveíamos tensa dadas nuestras experiencias previas- la belleza y la magia del arte musical franqueara las paredes de la estancia en la que estábamos y permeara los cuerpos, reverberara en los cráneos y, con su vibración, acunara las células de las cuatro personas que estaríamos conversando durante un buen rato.
Entusiamados por poder aportar algo realmente valioso a la compleja situación en la que íbamos a encontrarnos y también con la firme decisión de contribuir a proteger el ambiente educativo que tanto valoraban, aceptaron al instante y se coordinaron por su cuenta para establecer turnos y temas a tocar; eso sí, sin programa de mano. La reunión con las inspectoras duró un par de horas. El piano no dejó de sonar deliciosamente durante todo ese tiempo. Al final de la conversación, al salir al exterior (la oficina tenía una salida independiente), nos despedimos de ambas inspectoras con un abrazo tras atender nuestras demandas para buscar soluciones a la inusual experiencia educativa que acababan de conocer.
Muchas personas trabajaron intensamente para lograr que ese día todo fuera bien para ojo de agua, para que los participantes, las madres, los padres, acompañantes y nosotros mismos pudiéramos seguir viviendo una educación libre y responsable. El pequeño comando musical, con su misión secreta, contribuyó decisivamente a crear un ambiente armónico en aquella reunión.
Han pasado cerca de diez años desde ese día. Ayer tarde, fuimos al cine. Era una película en la que el protagonista junto a su perro pasa por muchas vicisitudes muy peligrosas en la naturaleza más salvaje. En el momento culminante de la historia, el protagonista sube una ladera con extrema dificultad, ya muy debilitado por todos los percances anteriores; su perro le espera en lo más alto. Él se derrumba varias veces, pero se vuelve a levantar hasta llegar junto a su compañero y amigo. Mientras esa escena transcurre, una melodía tiñe las dolorosas imágenes con las emociones que trasmite un solo de piano.
En ese momento, el lagrimal se anega, la garganta se entumece y se bloquea embargada de emoción. Y, sorprendentemente, el cuerpo se desconecta de la ficción. La emoción no responde a la delicada situación del personaje cuyo denodado esfuerzo por sobrevivir hemos estado presenciando durante las últimas dos horas.
No. La emoción y su expresión corporal responde a la melodía. La reconocemos de inmediato. Es bellísima. Es una de las que más sonaba en ojo de agua cuando los pianistas practicaban y tesa melodía ransporta nuestro cuerpo físico, mental y emocional de una manera abstracta y comprimida en el tiempo sumergiéndolo instantáneamente en las decenas de miles de intensas experiencias vividas en nuestra propia aventura educativa.
Acaba la película. Queremos reconocer el título de la melodía. Esperamos a los créditos hasta el final. Pero no aparece. De vuelta a casa, buscamos el detalle de la banda sonora por internet. También infructuoso intento. Finalmente, enviamos un mensaje a uno de los pianistas de aquella memorable mañana. Le explicamos que queremos recordar una de las melodías que más sonaban en ojo de agua en aquella época. Al poco, nos responde: “Es Nuvole bianche, de Ludovico Eunaldi”.
Nubes blancas.
Como las que aparecen en El falso espejo de Magritte que nos recuerda que hay algo infinito en nuestro interior como hay algo infinito en la música.
«Nuvole bianche», Ludovico Einaudi
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Gracias por tu atención.
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