¿Es legítimo eludir un sistema escolar egocéntrico?

Triángulo imposible (Oscar Reutersvärd, 1934 – Roger Penrose, 1950)
En una reciente conversación con un investigador del papel de la consciencia en el ámbito de la educación llegábamos a la conclusión de que el sistema escolar no solo no fomenta, sino que eclipsa el desarrollo consciencial.
Entonces, surgió la cuestión: “Ante un sistema escolar que es egocéntrico e inconsciente, ¿es legítimo eludir ese sistema e involucrarse en una solución cuyo punto focal sea el desarrollo de la consciencia de los estudiantes?
Su respuesta fue: “No lo tengo claro, me da miedo, que ese paso aparentemente consciente, en el fondo, sea ego disfrazado”.
Este punto resulta de suma importancia porque plantea una paradoja a la que se enfrenta toda persona interesada en la educación desde un punto de vista práctico, es decir, que tiene que encontrar un camino educativo para su hijo o que desea desarrollar su vocación educativa profesionalmente.
Por un lado, la inmensa mayoría aceptamos el sistema escolar y sus estructuras de dominación y legitimación social sin rechistar, dando por supuesto que “es lo que hay” o que es la única manera posible de afrontar ese desafío vital para las familias. Algunos, no pocos, lo defienden con certeza. En este sentido, el corpus legal aherroja las posibilidades de experiencias educativas estructuralmente transformadoras.
Si alguien se da cuenta de que el sistema escolar es egocéntrico, esto es, que responde a sus propios intereses como institución perteneciente a la estructura del estado -esa mole que se rige por sus propias reglas autorreferenciales, comúnmente desconectadas de la realidad y de la variabilidad humana y biológica-; si alguien de da cuenta de ello, tendrá dos caminos. Uno, participar de esa estructura e intentar reformarla desde dentro. Dos, desarrollar un sistema distinto basado en la consciencia.
La primera opción está destinada al fracaso. La arquitectura normativa está diseñada para que no haya escapatoria de la estructura profunda del sistema escolar, precisamente la que más afecta al desarrollo consciencial de los estudiantes, aunque sí es posible la reforma superficial del mismo, el maquillaje metodológico, la cosmética didáctica, que logra una superficie más amable, pero cuyo fondo abisal es inmutable.
La segunda opción sería educar al margen del sistema escolar. Y, sí, es cierto, que esa opción puede conllevar una fuerte carga egocéntrica que podría expresarse algo así como: “yo sí seré capaz de proporcionar una educación basada en la consciencia”. Sin duda, ese es un gran riesgo. Un riesgo que requiere que quienes se atrevan a transitar ese camino deben, a su vez, estar muy atentos a sus limitaciones y debilidades. Es decir, deben ser muy conscientes, deben desarrollar un gran sentido de la humildad y la autocritica equilibradas. Ese es un camino muy escarpado, que requiere una gran honestidad con uno mismo. Pero, también, es un camino que no por ser complejo, debe ser evitado. De hecho, diríamos que es el único camino; el que proporciona consciencia a los estudiantes al tiempo que descubre las propias inconsciencias de los adultos que los desarrollan cuya superación -para éstos- es, precisamente, el desafío.
La paradoja de dejar de intentar construir una educación estructuralmente más consciente por miedo al ego y, consecuentemente, adaptarse a una educación egocéntrica, no puede ser una solución.
Lo verdaderamente consciente, a nuestro juicio, es atravesar los grandes desafíos que supone mantener la coherencia con los propios principios, dispuesto a que en el proceso se desvele la propia sombra y desarrollar la capacidad de aprender de ella. Al fin y al cabo, en eso consiste el proceso de desarrollo de la consciencia.
La sumisión, voluntaria o no, a aquello que viola tu coherencia personal nunca puede contribuir al desarrollo de la consciencia.
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Más información en: ojodeagua.ambiente.educativo@gmail.com
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