“Una buena educación significa crear desobediencia. Cada sistema político tiene un cierto sistema de educación para controlar la mente de la gente. Sin el control de la mente de las personas, no puedes gobernarlos, no puedes dominarlos. Y esto es universal.
Mi mente estaba velada cuando me gradué en la escuela de medicina. era una cirujana muy buena, muy buena médica, pero era ignorante de lo que pasaba en el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué la sociedad está dividida en clases, pobres y ricos? ¿Por qué los hombres oprimen a la mujeres? ¿Por qué se restringe a los niños? Se nos impiden estas preguntas durante la educación. Nos volvemos obedientes al sistema, a los profesores, a la universidad.
¿Y qué es la disidencia? La disidencia es decir no a un sistema que es muy injusto. Si la ley es injusta tengo que romperla. Es mi derecho. Esto es sentido común. La creatividad es sentido común.”
(Dra. Nawal El Saadawi)
La educación puede ser un instrumento de emancipación. La escolarización, tal como está planteada nuestras sociedades actuales, es -al contrario- un instrumento de sumisión estandarizada.
Pero, ¿cómo, “crear desobediencia” si resulta que somos, como progenitores y/o docentes, al mismo tiempo, una figura de autoridad?
A juzgar por la experiencia, la creación de ámbitos de diálogo abiertos y honestos que se abren a acercar las condiciones entre quienes poseen el poder y los sinpoder puede abrir ese camino. Si bien, este abrirse a equilibrar las condiciones de expresión y de poder ha de acompasarse a las distintas etapas de desarrollo evolutivo de ser humano en crecimiento.
Pero el diálogo franco y sincero no es suficiente. Si no hay posibilidad real de compartir de manera real las decisiones y, por tanto, el ejercicio del poder, quienes están condenados a la obediencia, más pronto que tarde se darán cuenta, por jóvenes que sean, de que el diálogo no es sino una mascarada, una farsa que pretende disfrazar de participación el ejercicio unilateral del poder. Y se desencantarán. Lo que no es muy distinto de nuestro actual sistema de gobernanza social.
La voz, la comunicación, la expresión del propio pensamiento es quizá una de las cualidades que contribuyen más decisivamente a nuestra humanización. De modo que a través de la creación de dinámicas en las que poder expresar y decidir podemos contribuir al profundo proceso de humanización, que a nuestro juicio es uno de los fines más importantes del proceso educador.
Todo esto supone para el adulto tomar distancia de su papel como figura de autoridad y compartir el poder que la sociedad le ha otorgado. Compartir el poder no significa abandonarlo. No debemos olvidar que como adultos somos responsables ante la sociedad de las acciones y consecuencias de las acciones de niños y jóvenes a nuestro cargo. Y esa responsabilidad que tenemos como adultos educadores juega como una contraparte ante el impulsividad instintiva o incluso ante la racionalidad aún excesivamente egocéntrica de un niño o un grupo de ellos. Compartir el poder significa en ocasiones aceptar decisiones que no son de nuestro agrado o con las que no estamos de acuerdo. De ninguna otra forma se puede demostrar de la manera más clara y rotunda que se comparte el poder. Quizá es a eso a lo que se refería la frase que decía que “hay una diferencia entre hacer algo a alguien, hacer algo por alguien y hacer algo con alguien y que la educación debería hacerse con alguien”. Esto es, junto con, contando con la otra parte.
La vida en general y la naturaleza humana en particular es un misterio que, con frecuencia, nos resulta paradójico. Por ejemplo, la naturaleza es fruto de la competición, pero también de la cooperación de las especies. El ser humano es la especie más racional, pero también la más violenta. Cuando nos planteamos compartir el poder para abrir la posibilidad de “crear desobediencia” también encontramos paradojas. Si bien, no es menos cierto que el actual sistema de adoctrinamiento escolar no exento de ellas.
Quizá una de las paradojas más relevantes que haya que navegar a la hora de compartir el poder en el proceso de educación sea el de definir los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer o decir y cuál es el papel del adulto en tanto garante de esos límites.
En un nivel comunitario la solución resulta más o menos sencilla en la forma (aunque no tanto en la ejecución cotidiana): una asamblea que defina las reglas de convivencia, ha funcionado con razonable eficacia. Las personas de distintas edades en colaboración con los adultos responsables, en su conjunto, demuestran -así ha sido en nuestra experiencia- un criterio bastante equilibrado. Si bien, resulta de gran importancia optimizar el equilibrio entre dar voz a todos y gestionar el tiempo adecuadamente.
En el nivel individual, la paradoja es más compleja de resolver. El adulto se abre a compartir el poder, pero también ha de ejercerlo, debe compartir decisiones, pero también debe tomarlas. En nuestro caso, resolvimos esta contradicción invistiendo de autoridad por parte de la asamblea a los adultos u otras personas que así lo deseasen para hacer cumplir los límites definidos comunitariamente. Pero en este ámbito, al igual que en la naturaleza, cuando se exploran los límites con detalle minucioso, no encontramos líneas rectas bien definidas, sino campos difusos de indefinición. Así que no logramos una solución total. La lección es que siempre queda margen para la incertidumbre, siempre hay situaciones que no se han previsto y siempre hay algo que aprender. Por eso, en ocasiones, a pesar de la legitimación formal de los adultos a la hora de interpretar y hacer cumplir las reglas, había margen para el desacuerdo y el conflicto. Aspectos éstos tan inherentes a la convivencia que resulta imposible, e insano, exterminarlos. No obstante, el nivel de conflicto entre adultos y niños y jóvenes resulta, de esta manera, extraordinariamente menos perturbador de la convivencia y los procesos de aprendizaje.
Efectivamente, un contexto en el que se comparte el poder produce, de manera general, no sólo responsabilidad y madurez personal, sino también compromiso social y con la comunidad. Y todo ello deriva en la responsabilidad, madurez y compromiso hacia el propio proceso de aprendizaje. Aprender por voluntad propia, eligiendo qué quieres aprender y por qué es una diferencia altamente significativa. Esto último lo demuestra el hecho de que tras abandonar ojo de agua, los estudiantes se adaptan en su inmensa mayoría a las distintas instituciones académicas y pasaron con normalidad los exámenes que les fueron requeridos. (1)
Sin embargo, la clave no está en que las reglas sean unas u otras, tampoco en que la asamblea las decisiones se tomen con un sistema u otro, aún siendo ambas cuestiones de relevancia. La clave, en nuestra opinión, está en la creación de la posibilidad de participar del poder de decisión y de oponerse a él de una forma natural, integrada, normalizada. Incluso si es sólo a la pequeña escala de un aula, ya logra transformar la cualidad de la experiencia.
Eso es “crear desobediencia”.
No es sencillo. Pero quien ha tenido el derecho a participar en las decisiones de la comunidad y ha vivido de forma sistemática la experiencia de que su voz sea escuchada y sus propuestas e ideas valoradas por la comunidad, tiene sin duda un fuerte sentido de su derecho a expresarse, siente como normal participar en la cosa común. Con el tiempo, esa experiencia que ha sido cotidiana a lo largo de décadas, se convierte en parte de uno mismo. Una persona con capacidad para decir “no”.
Un aprendizaje que en absoluto es banal. Más bien uno de los más importantes en la vida.
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(1) Puedes consultar el estudio completo en “La huella vital tras una experiencia de educación autodirigida”
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