Esfuerzo (1)

Una de las principales objeciones que reiteradamente se realizan al modelo de educación autodirigida en el que los estudiantes deciden en qué áreas de interés invertir su tiempo es que esa dinámica forjará caracteres débiles y que, ante las más mínima dificultad, renunciarán a esforzarse para continuar.

Tras esta idea se halla una concepción del ser humano en cuya esencia resulta ser indolente, apático o abúlico y que, por tanto, requiere de recompensas, presión o seducción para enfrentar aquellas actividades que no le resultan agradables porque, en caso contrario, las evitará.

Nuestra visión es distinta. El impulso fundamental de todo ser humano sano es la supervivencia. Por ello, al nacer, cuenta con instintos y reflejos innatos que no son sino procesos biológicos que se manifiestan en conductas observables que se activan automáticamente. Si nos fijamos bien, estos instintos y reflejos requieren de gran esfuerzo. Pensemos un bebé que comienza a mamar o a reptar, a caminar o a hablar. El incentivo para tan gran esfuerzo y persistencia es la actividad en sí misma: conseguir el alimento, o simplemente el hecho de desplazarse a cierta altura por sí mismo. La motivación está en la necesidad de la propia actividad.

Desde este punto de vista, los seres humanos contamos, desde el primer momento, con los mecanismos necesarios para desarrollar el esfuerzo, la persistencia y la tenacidad. Están incorporados de forma natural en nuestro complejo sistema.

Lo que viene después ya no es reflejo e instinto biológicos, sino una cuestión cultural. Y aquí inciden otros factores que con más frecuencia de la deseada, pervierten ese mecanismo innato ya desarrollado. De hecho, en ocasiones, incluso desde el mismo inicio, se puede encontrar la distorsión de esos procesos. Pensemos en una madre que, por los motivos que sean (y algunos pueden estar más que muy justificados), decide eliminar la lactancia en la crianza de su hijo o quien, excesivamente temeroso de la posibilidad de un accidente, impide de manera sistemática los desplazamientos autónomos de su bebé.

Como adultos que ya pertenecemos a una cultura y a una sociedad concreta, creemos saber, con base en nuestra experiencia vital, qué es lo que un bebé necesita aprender para poder desenvolverse adecuadamente en ese contexto. El niño, por el contrario, no tiene ese conocimiento. Por eso pensamos que sabemos mejor que él lo que le conviene y comenzamos a imponerle ciertas actividades que nosotros consideramos importantes (seguramente con razón) pensando que le serán útiles en el futuro. Pero el horizonte temporal del niños es el presente y sólo muy poco a poco ese horizonte presente se va ampliando paulatinamente hacia un futuro más alejado. De este modo, se encuentra con imposiciones cuyo sentido no entiende. Sólo le resta obedecer el argumento de autoridad. “Si el adulto lo dice, será verdad”. Esto sucede tanto en el seno de la familia, como en las instituciones escolares o en el contexto social más amplio.

Y es aquí donde nace la divergencia entre la necesidad del niño y el entorno.

Lo que hemos visto a lo largo de décadas es que -siempre que haya habido una cultura familiar y/o escolar consciente de preservar la iniciativa y la autonomía de hijo/niño exenta, en la medida de lo posible, de juicio de valor- cuando se crean las oportunidades para que los niños puedan seguir sus propios intereses, el esfuerzo por lograr aquello que les interesa es una parte inherente, indiferenciable, de la propia actividad, ya sea en los desafíos que puede plantear el juego libre, ya en ámbitos académicos o en el desarrollo de proyectos de su propio interés.

En ese punto, surge una objeción: solo aprenderá lo que le gusta y no aprenderá lo que no le gusta.

Si tenemos en cuenta que la realidad es dual: no hay día sin noche, calor sin frío, inspiración sin espiración, placer sin dolor, muerte sin vida… Podemos también darnos cuenta de que en aquello que se ama, en aquello que interesa, se encuentra agazapado, escondido, aquello que se detesta, aquello que repele. Y aquellos que tengamos el coraje y la suerte de lanzarnos a vivir intentando cumplir un propósito de vida, de cumplir un sueño, encontraremos la coherencia más profunda entre nuestro anhelo interior y nuestra acción exterior disfrutando de una sensación de completitud y perfección de la vida. Pero, al mismo tiempo, encontramos aspectos que nos repugnan, que aborrecemos, que nos producen un rechazo visceral. Y estos los afrontamos no como un fin en sí mismo sino como un desafío en el camino de lograr muestra más profunda conexión con el propósito principal.

El esfuerzo, pues, está incorporado, viene “de serie”. No se requiere sufrir gratuitamente para aprender. Los seres humanos estamos dispuestos a esforzarnos voluntariamente, si ese esfuerzo tiene un sentido para nosotros; en caso contrario, elaboraremos todo tipo de estrategias para eludir el esfuerzo.

Nadie desea esforzarse por algo que no “merece la pena”. Sólo si el objetivo final lo merece, estamos dispuestos al esfuerzo.

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