No es la felicidad…

Existe una confusión: que una educación basada en el respeto es una educación cuya meta última es la felicidad de los seres humanos.

Nada más lejos de la realidad.

La felicidad no es un fin en sí mismo; tampoco un medio.

Es, más bien, una consecuencia; efímera, como la más fugaz de las partículas subatómicas. Una sensación eufórica (quizá tras la consecución de un logro o con la satisfacción de un deseo) que,  altamente volátil, se desvanece al poco. Hacer de la felicidad la finalidad última de la vida (o de la educación) es una tarea, por tanto, dsestinada a la decepción y al fracaso.

La tarea última de la educación se entiende en buena medida hoy día como la mera adquisición del conocimiento instrumental para hacer crecer el PIB. Un conocimiento, por otra parte, definido e impuesto por alguien ajeno a los intereses de los propios aprendices, a quienes se considera insuficientemente desarrollados como para poder decidir lo que es importante aprender en sus vidas.

Otras dimensiones más allá de la acumulación de conocimiento instrumental están minusvaloradas; mínimamente presentes, cuentan poco. Quizá su escasa presencia sirva de excusa para justificar la inclusión de la palabra educación en un contexto en el que lo que sucede, principalmente, es instrucción, un concepto éste que etimológicamente significa «construir sobre” y cuyo campo semántico se relaciona íntimamente con “una dirección autoritaria que indica a alguien qué hacer” y cuya acepción frecuente es el periodo de instrucción al que se somete a los soldados en su formación militar, consistente en una serie de pasos estandarizados muy definidos cuyo propósito es la automatización de las respuestas, la obediencia férrea a la autoridad y la anulación de la capacidad de pensar por uno mismo, cualidades todas ellas imprescindibles para el destino final: la guerra. Estudiantes instruidos como soldados para una guerra que es fundamentalmente económica, pues al final todo se traduce en pugnar por un empleo, rivalizar en un mercado o competir entre países.

Probablemente, ésa es la finalidad más importante de la educación actual: que los alumnos logren las acreditaciones oficiales requeridas para acceder a empleos que les permitan una vida económicamente razonable. Sin embargo, esa narrativa, al igual que la de la educación como ascensor social, ya está obsoleta en el actual contexto socioeconómico. El sistema escolar ya no está en condiciones de garantizar ni una ni la otra.

Un modelo de educación basado en la consciencia tiene metas distintas (lo que supondría que si se adoptara mayoritariamente conduciría a una sociedad igualmente distinta) porque su concepción del ser humano, su ontología, también es distinta.

Se puede entender al ser humano como un organismo vivo puramente material compuesto por elementos bioquímicos que interactúan de manera altamente compleja, aunque simplemente mecánica, en un mundo azaroso en el que la causalidad lineal es el motor de la evolución que alcanza el estadio de los seres humanos y que incluso es posible (y legítimo) manipularla para hacerla evolucionar a otras estadios posthumanos e, incluso, transhumanos. Es una concepción puramente mecánica de los seres humanos y del mundo cuyo funcionamiento es análogo a un juego de billar en el que el movimiento de una bola es causado por la fuerza impelida por otra que haya chocado con ella remontando así las líneas causales, más o menos complejas, en el tiempo. Una concepción del mundo con gran potencia predictiva, pero lejos de poder dar explicación a todos los fenómenos. 

También se puede entender al ser humano como un organismo que forma parte de un universo vivo y con propósito y, por tanto, no azaroso. Una visión del universo y del ser humano que no es predominante en la sociedad, pero que cada vez cuenta con mayor respaldo. (1) Un universo vivo cuyo mejor ejemplo es el de una única célula que se reproduce por división a partir de sí misma en un proceso embriogénico asombroso en el que “las propias células han de trasladarse, unirse, cambiar su velocidad de crecimiento y división, morir, fusionarse, descomponerse, doblarse y plegarse, todo de un modo coordinado hasta que empiezan a aparecer los primeros órganos. Algunas células están destinadas a convertirse en columna vertebral, brazos, corazón o cabello; mientras que otras se convierten en cerebro, bazo, sangre, piel u ojos. (…) ¿Cómo pueden las células individuales diferenciarse y cooperar de modo que cada una sepa su función de manera infalible? ¿Cómo pueden crecer los distintos órganos del cuerpo de un modo tan coordinado, cada uno desarrollándose precisamente en el momento justo, acelerando y aminorando su velocidad de crecimiento cuando es necesario y haciendo conexiones exactas con otros órganos?”  (2)

En una concepción viva del universo y la vida también tienen cabida y explicación fenómenos que no tienen sentido en una concepción del mundo puramente mecánica. Por ejemplo, la afirmación de Einstein de que el universo es como un organismo en el que cada parte es la manifestación del todo. Cada uno de los sistemas no lineales dinámicos (3) -lo que incluye a los organismos vivos y, por tanto, a los seres humanos- “es la expresión de todo el sistema y no requiere de ningún acto externo de construcción para cobrar vida. Por tanto, es una forma autosuficiente y se podría decir que contiene su propio significado, o mejor dicho, que es una expresión explícita del significado del sistema entero. No se requiere ningún plan o diseño especifico y, en cierto sentido, el surgimiento de cada forma nueva está, desde el principio, implícita o plegada en todo el sistema desde su misma potencialidad (…) son expresiones de su propio significado mientras surgen del caos que los rodea.” (3)

Aquí hay una clave, cada ser humano es una expresión singular y única del propio universo, cada vida humana posee su propio significado y es su tarea vital desplegarlo sin obedecer un plan predefinido.

En consecuencia, en esta visión del universo y de los seres humanos la búsqueda de sentido, el encuentro con lo significativo es el propósito fundamental de la educación en su más completo sentido. La felicidad será una consecuencia pasajera de ello, por más que el caminar en esa dirección conlleve obstáculos, dificultades, sinsabores. La motivación, entonces, no será acumular lo material más allá de un nivel imprescindible ni una consecuencia de un esfuerzo absurdo e impuesto a priori, sino encontrar a través de una escucha interna -y expresar co posterioridad- ese significado al que se pertenece y que, por ser una manifestación -singular, pero genuina- del conjunto del universo, ha de tener su lugar natural en él. 

Es cierto que “te conviertes en aquello en lo que participas”, por lo que hemos de ser muy cuidadosos tanto en las acciones como en las instituciones en las que participamos porque aquello de lo que formamos parte acaba por modelar el futuro de nuestra vida. Por eso, nuestra experiencia nos recomienda no cooperar con un sistema medularmente corrupto y manipulador, del que el sistema escolar es uno de sus instrumentos más afinados. Un sistema escolar que drena la vida de dirección, sentido y significado trascendente. De ahí el tedio, la apatía, el hastío. 

Buscamos inundar las vidas de los seres humanos de sentido y significado sin que eso menoscabe la adquisición de conocimiento funcional para desenvolverse en la sociedad, que -por otra parte- es una consecuencia natural de ese proceso. Eso explica que las personas que participaron en ojo de agua y acudieron al sistema escolar posteriormente por voluntad propia, fueron capaces de cumplir con sus exigencias académicas de forma más o menos brillante, sin apenas experiencia previa. Son otras cualidades las que producen ese insólito resultado. La principal de ellas: estar en posesión de un sentido de lo que hago, desear vivir e intentar una vida significativa y con propósito, derivado todo ello de haber dispuesto de la oportunidad de decidir sobre mi camino vital. PISA nada sabe de esto.

Como consecuencia de todo ello, al hacerse adultos, una sensación de coherencia les acompaña en la tarea de vivir. 

Ese, en nuestra opinión, ha de ser el propósito final de la educación.

Viktor Frankl lo sintetizó con sintética limpieza: “El hombre en busca de sentido”.

No es la felicidad per se, pero tampoco el esfuerzo sin sentido impuesto por otros. No. Es vivir de manera tal que lo que el ser humano intente, pruebe y aprenda tenga sentido, responda a un propósito y pueda otorgarle un significado para sí mismo.

En eso consiste la autorrealización.

_____________

Compartir

Gracias por tu atención.

Te recordamos que ofrecemos acompañamiento y asesoría organizacional y pedagógica tanto para equipos educativos como para profesionales individuales, así como acompañamiento familiar y mentorías para jóvenes.

Más información en: ojodeagua.ambiente.educativo@gmail.com

Suscríbete ahora

______________________

(1) Skolimovski, H., La mente participativa. Una nueva teoría del universo y del conocimiento, Atalanta, Vilaür, Girona.
(2) Peat, F. D. (1987) Sincronicidad. Puente entre mente y materia, Kairós, Barcelona,
(3) Los sistemas no lineales representan sistemas cuyo comportamiento no es expresable como la suma de los comportamientos de sus descriptores. Los sistemas dinámicos no lineales, que describen cambios en las variables a lo largo del tiempo, pueden parecer caóticos, impredecibles o contraintuitivos, lo que contrasta con sistemas lineales mucho más sencillos.
(4) Peat, p. 99
(5) Skolimowski, H., p. 29

*